Un caso reciente ocurrido en Santa Fe vuelve a poner sobre la mesa una pregunta necesaria: ¿dónde termina una consulta y dónde comienza la manipulación? Más allá de la noticia policial, el episodio permite hablar de miedo, dependencia y responsabilidad en la práctica del Tarot.
Una mujer de 69 años denunció en Santa Fe haber entregado US$25.000 y $300.000 a un hombre que se presentaba como mentalista. Según la investigación, él le habría asegurado que sobre su familia pesaba un “maleficio” y que era necesario realizar distintos trabajos para liberarla. La causa se encuentra actualmente bajo investigación y el hombre fue detenido; entre los elementos secuestrados durante el allanamiento había cartas de Tarot, velas, imágenes religiosas y otros objetos vinculados con las sesiones.
La presencia de cartas de Tarot hizo que el caso apareciera rápidamente asociado al mundo esotérico. Pero quizás lo más interesante no sea preguntarnos qué objetos había sobre la mesa, sino qué ocurrió en la relación con la persona que consultaba.
Porque cobrar por una lectura de Tarot no es, por sí mismo, un problema. Tampoco lo es ofrecer una práctica espiritual a alguien que libremente decide realizarla.
El límite empieza a volverse mucho más claro cuando aparece otra cosa: el miedo como herramienta para conseguir obediencia, dinero o dependencia.
Cuando el problema y la solución vienen de la misma persona
Hay una dinámica particularmente delicada: alguien llega a una consulta y recibe una noticia alarmante que desconocía hasta ese momento.
Hay un maleficio. Alguien le hizo un trabajo. Su familia está en peligro. Algo malo puede ocurrir.
Y, casi inmediatamente, quien detectó esa amenaza se presenta también como la única persona capaz de resolverla.
En el caso de Santa Fe, según la denuncia publicada por los medios, el supuesto mal alcanzaba también a los hijos de la mujer y se le habría indicado que no les contara lo que estaba sucediendo. Las entregas de dinero fueron sucesivas: primero US$3.000 y posteriormente otros US$22.000, además de $300.000.
Es difícil no detenerse en ese detalle.
Porque pedir secreto, aislar a alguien de las personas que podrían cuestionar lo que está ocurriendo y aumentar progresivamente las exigencias económicas cambia por completo la naturaleza del vínculo.
Ya no estamos hablando simplemente de qué cree cada persona acerca del Tarot, la espiritualidad o las prácticas esotéricas. Estamos hablando de cómo se ejerce poder sobre alguien que puede encontrarse en un momento de vulnerabilidad.
El Tarot no necesita asustar para tener valor
Quien consulta Tarot muchas veces llega con una preocupación real. Puede estar atravesando una separación, una pérdida, una decisión difícil, incertidumbre económica o simplemente un momento en el que necesita ordenar lo que siente.
Eso coloca al tarotista en una posición que requiere cierta responsabilidad.
No porque tenga que decidir por la otra persona. Precisamente al contrario.
Una consulta puede abrir preguntas, mostrar perspectivas, señalar tensiones o ayudar a observar una situación desde otro lugar. Pero no debería necesitar convertir al consultante en alguien cada vez más asustado y dependiente de quien tiene las cartas enfrente.
Decir “si no hacés esto, algo terrible va a pasar” no es lo mismo que interpretar una carta.
Decir “solamente yo puedo solucionar lo que te está ocurriendo” tampoco.
Y mucho menos utilizar esa afirmación para justificar nuevos pagos, rituales cada vez más costosos o consultas que la persona siente que ya no puede dejar de hacer.
Una frontera que también aparece en la Justicia
El tema no es solamente teórico.
En mayo de 2026, la Cámara Nacional en lo Criminal y Correccional confirmó el procesamiento por estafa de una mujer que se presentaba como tarotista. Según la reconstrucción judicial publicada por Infobae, había convencido a otra mujer de que sus bienes estaban afectados por un supuesto trabajo de “magia negra” y que debía entregarlos para realizar una limpieza o purificación. Luego habría reclamado nuevas sumas y objetos.
Hay algo especialmente interesante en la resolución: los jueces distinguieron entre una práctica esotérica que una persona decide realizar voluntariamente y una situación en la que se construye deliberadamente un engaño para provocar una disposición patrimonial.
La diferencia importa.
Porque discutir estos casos no requiere decidir si alguien “debería” o “no debería” creer en una determinada práctica espiritual.
La pregunta puede ser mucho más concreta:
¿La persona está eligiendo libremente o está decidiendo bajo una amenaza que quien tiene enfrente acaba de instalar?
La ética también está en cómo usamos las palabras
Una lectura nunca ocurre en el vacío.
Las palabras que utiliza un tarotista pueden tranquilizar, inquietar, abrir posibilidades o cerrar completamente una situación. Y cuanto mayor es la autoridad que el consultante deposita en quien lee, mayor puede ser su efecto.
Por eso la ética no consiste solamente en tener buenas intenciones.
También implica reconocer que hay frases que pueden tener consecuencias.
No es lo mismo señalar una dificultad que anunciar una desgracia inevitable. No es lo mismo explorar una preocupación que fabricar una amenaza. No es lo mismo ofrecer otra consulta que convencer a alguien de que estará en peligro si deja de consultar.
Y tampoco es lo mismo acompañar una decisión que apropiarse de ella.
Una consulta debería devolver autonomía, no quitarla
Quizás ahí esté una de las fronteras más sencillas de reconocer.
Después de una lectura pueden quedar preguntas. Puede haber cosas incómodas para pensar. Incluso puede aparecer información simbólica que la persona necesite procesar durante un tiempo.
Pero la consulta no debería dejar como resultado la sensación de que la propia vida quedó en manos del tarotista.
Una práctica responsable no necesita garantizar resultados imposibles, inventar urgencias ni presentarse como la única protección frente a una amenaza invisible.
Y esto también es importante para quienes trabajamos con Tarot: señalar estas conductas no perjudica a la práctica. Al contrario, permite distinguirla de mecanismos que utilizan su lenguaje y sus símbolos para otra cosa.
El caso de Santa Fe seguirá su recorrido judicial y será la Justicia la que determine las responsabilidades correspondientes. Hoy hablamos de una denuncia y una investigación en curso, no de una condena.
Pero el caso deja una conversación que podemos tener independientemente de su resolución.
El Tarot puede trabajar con incertidumbres, temores y preguntas profundas. Justamente por eso, la confianza de quien consulta no debería convertirse nunca en una herramienta para quitarle libertad.